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Encender una vela



Encender una vela a la Virgen es uno de los actos que se realizan por parte de miles de personas que acudimos al Rocío.

Está mal empleada, -por muy coloquial que sea la expresión-, la frase “ponme una vela”, porque es evidente que las velas no se encienden a nadie, sino a la Virgen, a Dios, al Pastorcito… Es a Ella a quien elevamos nuestras oraciones. Sería más correcto decir: “Si vas al Rocío, ora por mí, por favor y si enciendes una vela para fortalecer tus ruegos, acuérdate de mí en tus rezos”.

La vela se enciende como símbolo de oración. Tiene un magnetismo especial cuando preparamos la mente, el alma y el cuerpo para llevar a la Virgen del Rocío nuestras plegarias, dejando una llamita encendida que, mientras va consumiéndose al ritmo de la cera que se derrite, están recordándole a Dios que estamos en su presencia y que nos tenga presentes en su corazón.

Cuando encendemos una vela no se la estamos poniendo a nadie más que a la Reina del cielo o a ese Dios que todo lo puede. Establecemos una comunicación de luz, implorando que la Luz Divina que de ellos procede descienda sobre nosotros para que sea mucho más fuerte que la luz pequeña que le ofrecemos desde nuestra miseria y nuestra humildad.

Mucho se habla del lenguaje de las velas y, en realidad, las velas no son más que transmisoras de la comunicación de nuestros corazones al corazón de Dios, en el que cabemos y estamos todos, sin distinción.

Si ahora, o más adelante, tenemos pensado ir al Rocío, antes de encender nuestra vela dejemos que el silencio se llene oración y, ante la Virgen que siempre nos escucha, pongamos nuestras súplicas, angustias y preocupaciones, como también nuestras alegrías, ilusiones y proyectos y después, sin romper ese silencio, dejemos en su presencia la llama encendida de nuestra fe pequeña para que Ella la haga fuerte y robusta y nos alcance de Dios, a su modo, lo que más necesitamos.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es