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Las fotos especiales



Las fotos siempre, queridos lectores de periodicorociero.es – Periódico Digital Rociero, nos traen recuerdos de otros tiempos. Nos ayudan a ver cómo el paso de los años nos ha pintado algún pelo de blanco o nos han dibujado en la cara alguna arruga, aunque sea disimulada.

Hay quien paga elevadas cantidades de dinero para borrar del rostro la huella de los años, pero cuánta belleza se esconde en la mirada de los ojos de nuestros mayores. Entre las fotos que estos días he estado viendo, me he emocionado con varias de ellas: unas de mis padres conmigo en brazos, otras de mis padres con la edad que yo tengo ahora, mi hermanos, mis abuelos, tíos, primos, algunas más recientes… Todo el paso de la historia familiar hasta la actualidad está guardado en una caja de fotos en blanco y negro y en otra con fotos a color.

Pero de entre todas esas fotografías, están aquellas que para toda persona no tendrían jamás un precio, porque sentimentalmente transmiten más allá de las palabras y de las propias historias. Son fotos marcadas por momentos y circunstancias especiales, como por ejemplo una en la que aparecemos mis padres, mi hermano y yo, rezando en la ermita, arrodillados ante la Virgen del Rocío. No sé cuántos años podía tener, pero no más de siete.

Los recuerdos nos refrescan la memoria y nos hacen ser agradecidos y, viendo esa fotografía no pude menos que agradecer a Dios el haber nacido en un hogar cristiano, donde la figura y el ejemplo de la Virgen han sido como el pan nuestro de cada día para nosotros. Me puse a dar gracias por el ejemplo de mis propios padres, que siempre hicieron lo que estuviera a su alcance por facilitarnos las cosas a mi hermano y a mí, también porque fueron mi puente para ayudarme a crecer en mi fe rociera. Ellos, que siempre han pasado desapercibidos a pesar de su grandeza, me enseñaron que hay una reja que se convierte en bastón para el rociero, y me acercaron una y otra vez hasta Ella, desde que no sabía dar un paso hasta ahora, que ya puedo arrimarme sola y lo primero que hago es pedir por ellos. A mi padre ya no lo tengo físicamente a mi lado, pero está tan presente que la fe ha hecho más llevadera su ausencia. A mi madre se la llevo tantas veces como ella me llevó a mí, y mirando la paz que se derrama de esos ojos misericordiosos, le pido que la guarde y la proteja y mantenga a mi familia unida, fuerte, pisando los cimientos con que se ha venido levantando un hogar en el que nunca faltó el amor. A mi hermano, que es el gorrión del nido de mis pensamientos, no sé cuántas veces lo he puesto en sus manos, porque mi hermano es el capítulo sin el que el libro de mi vida estaría incompleto. Y ahora tengo otro motivo, más pequeñito, más tierno y más dulce de los nuevos capítulos que se siguen escribiendo, un rubito de ojos grandes y azules que me tiene loca de atar y por el que le pido tanto a la Virgen del Rocío, que ya debe saberse de memoria los episodios que de él le cuento.

Por todo he de dar gracias, faltarían hojas para citar, uno a uno, a mis amigos, a mis amistades y a mis conocidos. A los que pasaron para no quedarse y a los que se quedaron para siempre, porque todos han aportado distintos matices de los que he acabado aprendiendo.

Las fotos, por poco fotogénicos que seamos, son a veces una reliquia, sobre todo cuando al verlas, retornamos a nuestras raíces y encontramos que, gracias a la fe que nos inculcaron, han hecho que permanezcamos en pie, como árboles que parecen caerse, pero terminan venciendo los azotes del viento, los golpes de los granizos y las cortinas de lluvia de los inviernos fríos. Y cuando no podemos estar de pie, hacer lo que me enseñaron a mí, permanecer ante la Virgen del Rocío, buscándola, mirándola, confiando sin cesar en su impagable intercesión; permanecer ante Ella y agarrar esa reja como si fuera el bastón con el que podemos volver a levantarnos.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es