Cuando besé mi medalla



Esta mañana, como cada mañana, di el beso de buenos días a la Virgen del Rocío. Lo hice posando mis labios sobre mi medalla. Pero sentí la necesidad de tenerla un rato entre mis manos, me he recreado repasando el relieve de su silueta y me ha invadido un profundo sentimiento de gratitud.

Hoy no es un día cualquiera. Es un día nuevo y el solo hecho de haber despertado, de haber visto cómo la luz del sol venía a saludarme hasta mi ventana, me ha provocado un repentino impulso a alabar a mi creador, a ponerme en sus manos una vez más y a dejarme guiar por mi fiel intercesora, Madre y Amiga que nunca falla.

He cerrado los ojos y he repetido interiormente, con una seguridad asombrosa: Gracias, gracias, gracias…

No me ha hecho falta hacer uso de más palabras. Ha sido de esas veces en que te invade la rotunda sensación de que sin palabras también se habla, más aun, cuando lo haces con ese Alguien con mayúsculas que de ti lo sabe todo. Por eso no he tenido que recordarle lo que ya sabe y tampoco he querido contarla nada nuevo porque también lo sabe antes de que vaya a contárselo.

Es como si se afianzaran los pasos que he dado, como si me diera el visto bueno para seguir caminando, como si el camino recorrido fuera necesario para lo que quiere darme a manos llenas de parte de Dios.

¡Y lo espero! Lo espero con paciencia, con tremenda ilusión y con más amor que hace unos minutos y siento que estoy recibiendo lo que le pido. Y aunque no pueda palparlo, o notarlo de forma física, hay una fe ciega que me confirma que esto es así y que hoy, que no es un día cualquiera, -porque todo está cambiando positivamente-, hoy le doy paso a Ella para que sea su actuación y no mi autosuficiencia la que obre en nombre de Dios el prodigio que quiere hacer en mí y en todo lo mío.

O más bien no lo espero porque ya lo tengo, lo tengo porque me lo dio desde el momento en que decidí pedírselo y ahora sólo queda tener las manos abiertas para que florezcan los frutos abundantes.

Antes de abrir los ojos puse la medalla cerca de mi corazón, y la besé de nuevo antes de dejarla en la mesilla de noche y, mirando su imagen, volví a decirle gracias, y seguían sin salirme las palabras, pero me ha parecido que llevara toda la vida hablando con Ella, y en Ella está mi confianza.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es