Gracias a la vida, que me ha dado tanto



Cuando entono alguna canción acompañada de mi guitarra, suelo acordarme siempre de un tema de Violeta Parra que más de uno conocerá y que fue compuesto antes de que yo naciera. Un tema que escuché por primera vez delante del Sagrario a una joven que entró a orar y se marchó después de haberla cantado.

Fue uno de los momentos más bonitos que he vivido delante del Santísimo. Me pareció un regalo bajado del cielo lo que ocurrió en aquel instante de intensa comunicación con “el de arriba” y con una persona a la que no conocía absolutamente de nada y a la que encontré varios años después, en Salamanca, estudiando lo mismo que yo.

Había variado algo físicamente, pero la reconocí tan pronto escuché su voz.

Me dirigí a ella como cuando un fan se dirige a algún artista y le recordé lo sucedido años atrás. Fue un encuentro inolvidable que terminó en una larga charla en la que me contó por qué aquel día tuvo necesidad de ir a cantar a aquella Capilla y lo que en aquel momento pasaba por su cabeza y por su vida.

Entablamos una bonita amistad. En Salamanca conoció al que hoy es su marido. Tuvo entonces dos niñas preciosas y aunque sus primeros años de matrimonio se quedó en tierras salmantinas, por fin regresó a Andalucía.

Este año, cuando por motivos laborales tuve que desplazarme un día cerca del Rocío, a una reunión de trabajo, a la vuelta, pasé por el Santuario a ver a la Virgen. Me senté quince minutos a hablar con la Señora, en mi oración abundaba mi agradecimiento por su intercesión, por la Fe, por ser Ella mi Madre y yo su hija, por su comprensión, por su cariño, por escucharme… Y estando en silencio, alguien empezó a cantar a la Virgen, a capela, sin guitarra y sin desafinar:

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros que, cuando los abro,
perfecto distingo lo negro del blanco,
y en el alto cielo su fondo estrellado
y en las multitudes el hombre que yo amo.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que, en todo su ancho,
graba noche y día grillos y canarios;
martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
y la voz tan tierna de mi bien amado.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro:
madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados;
con ellos anduve ciudades y charcos,
playas y desiertos, montañas y llanos,
y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco
cuando miro el fruto del cerebro humano;
cuando miro el bueno tan lejos del malo,
cuando miro el fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.
Así yo distingo dicha de quebranto,
los dos materiales que forman mi canto,
y el canto de ustedes que es el mismo canto
y el canto de todos, que es mi propio canto.

Gracias a la vida que me ha dado tanto…

Ángela estaba sentada unos bancos más atrás con su marido, que sostenía a un bebé en los brazos. Era su tercera hija, que llegó a éste mundo con síndrome de DOWN, dato que conocieron sus padres con tiempo suficiente de haber podido abortar y que les sirvió únicamente para seguir cantando aquella canción que le escuché a su madre cuando era una adolescente, delante del Sagrario. La misma canción que ese día tuve el regalo, de nuevo, de escucharle cantar ante la Virgen del Rocío, el nombre que escogió para su niña.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es