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Al Rocío

El artículo histórico seleccionado para hoy, sábado, fue escrito por Mariel Rodríguez para el ABC de Sevilla en el año 1982. Lo compartimos con nuestros lectores de periodicorociero.es

¿Al Rocío desde Huelva? Sí. Pero va Jaén, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Málaga, Granada y Almería. Al Rocío baja toda Andalucía, otras regiones de España y también desde más allá, porque su fama cruzó los mares, como las tres carabelas de Colón.

Al Rocío
se viene,
al Rocío se va,
pero en el Rocío
el alma
se queda allá.


Porque en el Rocío es mucho más importante lo que se puede vivir que lo que se quiera decir.

Canto y carreta,
carreta y canto.
Entre palmas
y bailes,
a veces llanto.
Por las marismas verdes,
bueyes,
caballos
y gentes.
Canto y carreta,
carreta y canto.
En las noches de mayo,
con mantos de luna,
alumbran luceros.
Canto y carreta,
carreta y canto.
Calor,
dolor
y amor
entre:
Canto y carreta,
carreta y canto.


¿El Rocío, una romería? Mucho más. Es vivencia única e inolvidable. Es:

Un clamor,
un suspiro.
Un quejido.
Todo el color.
Noches y días.
Una plegaria.


Algo que sólo puede comprenderse bajo el fulgor de las estrellas.

Personas llegadas de mil y un rincón, en carretas engalanadas con guirnaldas de flores, conviven, oran y cantan.

Carretas que han atravesado numerosos caminos, polvorientas, cansadas, rotas; pero llenas de fe, vida y esperanza. De esa fe, sencilla como la tierra. Con ellas el pueblo camina, el pueblo avanza.

El hallazgo de la imagen de la Virgen, como la de otras muchas en diferentes ermitas y santuarios, está unida a pastores, campesinos o labriegos. Su refugio fue durante años un árbol. ¿La chueca de un fresno? ¿El hueco de un acebuche? ¡Qué más da! La naturaleza la escondió y guardó para librarla de profanaciones y ahora el cielo, tierra y mar la veneran.

La primera vez
que oí llamar
guapa a la Virgen
me extrañó.
La segunda,
me gustó.
Y ahora
se lo llamo yo.


Brazos en alto, manos unidas, labios rezando, con una religiosidad que utiliza para manifestarse el alma de Andalucía. Es el amor a la Madre de Dios, a la Blanca Paloma, a la sin pecado de un pueblo con una idiosincrasia propia.

Me fui al Rocío, Madre,
porque me encontraba
sola.
Allí me distes
el mar
y la espuma
de una ola.
Me fui al Rocío, Madre,
porque sentía frío
y temor.
Allí me distes
un manto,
un santuario
y todo el calor del sol.
Me fui al Rocío, Madre,
porque tenía penas.
Allí me las quitaste
todas
y te quedaste con ellas.
Me fui al Rocío, Madre,
porque te quería ver.
Allí me enseñaste
mil caminos,
las marismas
y a El.


Vivirlo supone: Atravesar ríos, cruzar arroyos, recorrer caminos, bailar y cantar sevillanas rocieras, dormir teniendo al cielo por techo, ver anochecer, sentir y oler el amanecer, beber en las fuentes y convivir con las gentes.

Mariel RODRIGUEZ PRENTA