Siempre mejor sonreír

Cuando se me ha invitado a escribir el artículo para periódico rociero, me puse a repasar muchos artículos anteriores de otras personas, todos maravillosos, y veo que se cuentan experiencias, o se hablan de muchos temas. Y yo pensaba de qué podría hablar yo.

Pues finalmente voy a hablar de mi propia conversión, la conversión de una persona que antes de ser rociera estaba perdida completamente, tal como suena.

El caso es que yo veía el Rocío como el que ve llover, o como el que se levanta y se acuesta, vamos, que pasaba de ello y de todo lo que tuviera que ver con ello.



No pisaba una iglesia desde la última boda de una de mis amigas en Sevilla.

Nunca sabes con lo que la vida te puede sorprender, y yo estaba fatal, sin trabajo, con pocos amigos, con un carácter insoportable incluso para mí con el que intentaba disimular el dolor y el vacío que sentía.

La romería del 2011 cambió mi vida por completo, pero por completo. Fui invitada por unos amigos, con los que me relacionaba entonces, amigos que iban a todo menos a ver a la Virgen. Ellos vivían un Rocío equivocado, bebían sin parar, trasnochaban juntado los días y la excusa de tener la casa lejos de la ermita era estupenda para no ir a visitar a la Virgen.

Estábamos en El Rocío desde el miércoles, llegó el sábado y yo no había salido de la casa porque tenía toda la diversión dentro.

Un compañero que había estudiado conmigo en mi colegio, cuando éramos pequeños, y del que hacía muchos años que no sabía nada, me reconoció a pesar de lo cambiados que estábamos, él se alojaba unas tres casas siguientes a la que yo estaba.



Le invité a tomar algo con nosotros y lo hizo. Pero en un momento miró el reloj y me dijo que se iba, porque quería ver el rezo del Rosario de Almonte.

“Vente con nosotros”, me dijo. Y yo, sin pensarlo mucho, fui.

No había visto a la Virgen en todo el tiempo que llevaba en la Aldea, no la había visto en mi vida. Y cuando llegué me encontré una ermita llena de gente que rezaba, lloraba, se arrodillaba, la miraba…

Yo tampoco podía dejar de mirarla, me quedé allí como si me hubiera abducido.

Empezaba el Rosario y aquel antiguo compañero me dijo si quería verlo un rato, yo no podía despegar los pies de donde los tenía, le dije que si no le importaba prefería quedarme allí con Ella y él, pura amabilidad, me dijo que me vendría a buscar.



No sé muy bien cómo ni por qué, pero una fracción de segundos, sentí que algo estaba cambiando dentro de mí, es como si me hubieran dado la vuelta, como si me estuvieran haciendo retornar a algún lugar, y empecé a acordarme de lo feliz que fui en mi infancia, y de cómo había estropeado mi vida tan inútilmente.

A partir de ese momento, me propuse volver iniciar el camino hacia algo mejor.

El Rosario continuaba y yo continuaba en la ermita, y no sabía cómo lo iba a hacer pero estaba segura de que Ella me iba a ayudar.

Le pedí perdón por tantos años de lejanía y de rebeldía, por mis malos modos desastrosos todos, y le pedí que empezara cambiando la forma en la que miraba a mis padres y a los míos, siempre con una actitud desafiante, rígida, distante, fría…

Cuando miré a la Virgen vi que sonreía y me propuse empezar por ahí, llevarme la lección aprendida de su rostro, que es serenidad y sonrisa.



No os podéis imaginar de cómo cambió mi vida desde entonces, pero ante todo y frente a todo, os digo por experiencia propia que siempre es mejor sonreír, que es mejor ser cercano, y que cogidos a la Virgen, todo camino se vuelve más bonito y más seguro.

Siempre le doy las gracias por aquel momento. Luego han venido otros muchos gracias a Ella, y todos me han llenado el corazón y me siguen reconfortando cada vez que voy a verla.

Lourdes Garcés
Mairena del Alcor