En el traslado de la Virgen del Rocío

No me creo todavía que haya podido ir este año al que ha sido mi primer traslado, algo que yo venía esperando desde hacía tiempo y que nunca veía el momento de que iba a llegar.

Por supuesto el traslado de 2019 de la Virgen a su pueblo no lo voy a olvidar nunca, no lo podré olvidar porque para mí ha sido lo más bonito que hasta ahora he vivido en mi experiencia rociera.

Me arriesgué a ir porque muchos de mis amigos me dijeron que seguramente sería un traslado duro, por el calor y más que nada por la cantidad de personas que se suponía que iban a ir haciendo el camino. Pero de los riesgos que he tomado en la vida este ha sido el mejor hasta el momento.



Es verdad que fue un camino duro, más bien muy duro, de perdernos unos de otros, de no saber si podríamos seguir andando porque se formaban tapones humanos de personas, sin espacio entre ellas, una multitud que iba haciendo el mismo camino que estaba haciendo la Virgen del Rocío.

Me hubiera gustado ir más cerca de la Virgen pero fue realmente imposible. Había que avanzar porque entendíamos que también era una forma de ayudar a los almonteños a llevarla hasta su pueblo.



Me quedé sorprendido con las personas que iban en silencio, también con las que se iban animando unas a otras sin conocerse de nada, y con los que cantaban preciosas sevillanas sin buscar aplausos, como si fueran oraciones, haciendo que el camino fuera más llevadero.

Me guardo para mí lo mucho que pude meditar y lo que personalmente me ha servido y doy gracias a la Virgen por haberlo facilitado todo para que pudiera ir.

José Manuel Manzano
Santiponce