El retablo de la Virgen

Cuando se terminó el retablo de la Virgen me quedé admirada de un trabajo tan bonito. Al principio me costaba hacerme a la idea de que la Virgen iba a estar un poquito más “alejada” de nosotros.

Me gustaba tanto verla en el paso, tan cerca, mirándonos a todos que por más que se mereciera ese y millones de retablos iguales o mejores no me terminaba de convencer.

Al llegar a la ermita me fijaba en muchos detallitos del retablo y me daba rabia porque lo único que yo quería era fijarme en la Virgen, pero la veía entre tanto dorado que me costaba dar con Ella.



Hablando con amigos míos de Almonte ellos me decían que la Virgen siempre había tenido su camarín y su retablo y que eso era muy digno de Ella y era lo mínimo que se merecía.

Con el paso de los años me he acostumbrado perfectamente a encontrarla tan pronto como llego y ahora valoro muchísimo más que antes cuando la Virgen vuelve a estar en su paso días antes de la Romería, que es uno de los momentos, para mí, más esperados.

Parece que tiene más sentido verla entonces en su paso, porque un paso es para salir de procesión y entonces se le ve tan bonita y tan hermosa que me parece maravilloso que el resto del año ocupe un lugar privilegiado, el más importante, del retablo que su pueblo le regaló con tanto cariño.