Ser o no ser rociero

Soy un rociero joven, no por edad, (tengo 64 añitos), pero sí en mi relación con El Rocío.
Lo único que conocía del Rocío era de oídas, y sabía de muchas experiencias distintas, unas buenas y otras menos buenas.

No tenía mucha curiosidad o más bien ninguna por conocer por mí mismo ni lo uno ni lo otro, pero de esas cosas que pasan en la vida, no sé si por casualidad o por lo que sea, el grupo de amigos con el que comparto amistad desde hace años, propuso de ir al Rocío juntos.



Así que en el año 2010 contratamos un autobús que nos llevaría el domingo por la mañana y nos traería de vuelta a Algeciras el lunes, tal como la Virgen llegara a su altar.

A nadie se le ocurrió plantear hacer el camino ni con la Hermandad de nuestra tierra, ni con otra Hermandad. Solo queríamos pasar el día allí, ver el ambiente y ver la procesión.

Cuando llegamos, fuimos dando un paseo hasta la ermita. Se me hizo el paseo eterno, porque había un buen tramo desde donde nos dejó el autobús hasta allí. En la ermita casi no se cabía, pero fue toda una impresión ver a la Virgen que me pareció una hermosura y que me enganchó durante un buen rato, porque cuando llegué hasta la reja no quería marcharme de allí.



Me sorprendió que no me fijara en nada más que en la Virgen, no caí en otros detalles que suelen tenerse en cuenta cuando pisas por primera vez un lugar. Ella lo acaparaba todo.

Después, a mediodía, fuimos de nuevo al autobús, comimos, cantamos, nos reímos… Compartimos un rato fantástico.

Por la tarde asistimos a una misa en la que había varias Hermandades y otra vez nos fuimos al autobús para hacer tiempo hasta la hora del rosario que, ya que estábamos, no queríamos perdernos.



Conocimos a una familia encantadora de Bollullos de la Mitación. El más mayor de aquella reunión empezó a contar vivencias propias, emocionándose al recordarlas. Pero lo más impactante fue escucharle decir que cuando se quería a la Virgen o era para siempre o mejor nada. Que había que ser o no ser rociero, pero a medias no servía.

La frase, no sé por qué, la recordé justo en el momento en el que salió la Virgen en procesión, como si Ella me estuviera pidiendo ser rociero para siempre. Y allí comenzó una historia nueva para mí mismo, para mi familia y para mis amigos.

Podría contar cientos de cosas vividas desde aquel año. Pero solo puedo asegurar que ser rociero es algo muy grande y que a mí me transformó definitivamente. Por ello le doy las gracias cada día a la Virgen y le sigo pidiendo que todo el que llegue hasta Ella viva el milagro de su conversión, como la viví yo y como la habrán vivido muchas personas.