A lo justo para verla y rezarle una salve

Llegaba el mes pasado de un largo viaje a mi casa y a mi tierra, y no por vacaciones, sino por otros motivos.

Parecía que solo habían pasado unas horas y a la vez parecía que habían pasado siglos desde que me fui. Al entrar en mi casa, miraba el salón, las habitaciones, como si las viera por primera vez. Nada había cambiado apenas.

“Mañana vamos a ver a la Virgen”, le dije a mi madre y a mi hermana. Ellas contestaron que encantadas de ir, que también tenían muchas ganas de verla y que no iban desde que yo me fui.

El día pasó entre papeles que tenía que arreglar y varias gestiones de las que no se pueden dejar para otro momento. Aparte hice algunas visitas a familiares a los que también hacía tiempo que no veía.



La comida de mi madre me supo a gloria y la sobremesa se prolongó más de lo que pensábamos, pero de todos modos habíamos programado ir al Rocío y yo lo estaba deseando.

Llegamos a la ermita sobre las nueve y media de la noche. Mi hermana no hacía más que comentar por el camino que ya estaría la iglesia cerrada y que al final nos tendríamos que volver sin haber visto a la Virgen, tendríamos que regresar otro día… Pero no, había terminado la misa y ya no quedaba mucha gente en el interior, algo que para mí fue un regalo.

Por fin llegamos a la reja, la vimos, nos emocionamos, lloramos… Los tres le rezamos una salve. No hizo falta mucho más, de todo está enterada Ella, pero aunque solo fueran esos minutos, me volví lleno, deseando ver que lo que le había pedido iría llegando de una u otra manera, con la satisfacción de haberle dado las gracias, infinitas gracias, con la alegría de haber estado frente a sus ojos, frente a su Divino Pastorcillo.